Obra
Teatro Abierto 1981
Teatro Abierto es uno de los hitos más significativos de la memoria cultural argentina del siglo XX. Desarrollado entre 1981 y 1985, nació con el propósito de visibilizar la dramaturgia argentina contemporánea y tuvo un efecto dinamizador en el campo teatral, profundamente herido por la represión de la última dictadura militar. Julie Weisz aportó tu mirada singular a través de su cámara. Fue a partir de Teatro Abierto que, casi por azar, Julie se acercó a la fotografía teatral, invitada por la vestuarista Mené Arnau. Desde entonces y hasta 1983, su trabajo registró con una amplitud excepcional el desarrollo de este ciclo que marcó un antes y un después no sólo en la escena teatral argentina sino también en su propia carrera profesional.











































Libro
Julie Weisz, fotografías de Teatro Abierto
Este libro sale al encuentro de la carencia y se vale del beneficio de mostrar, mediante una cantidad importante de imágenes, los ecos de un acontecimiento importante de nuestro acontecer teatral: Teatro Abierto.
Se han publicado numerosos libros de textos teatrales. Teoría, ensayos, obras de autores nacionales y traducciones de obras extranjeras, pero hasta ahora nadie se preocupó en editar algún libro con fotografías con escenas de nuestro tan rico teatro argentino.
Este libro sale al encuentro de la carencia y se vale del beneficio de mostrar, mediante una cantidad importante de imágenes, los ecos de un acontecimiento importante de nuestro acontecer teatral: Teatro Abierto. Los textos que las acompañan tienen el objetivo de precisar detalles de organización del movimiento, hechos y circunstancias que le han dado a Teatro Abierto la condición mítica que hoy se le reconoce, el carácter de primera reacción del mundo de la cultura contra la dictadura de 1976, la más feroz entre las tantas que padecimos los argentinos.
Las fotografías que tomé corresponden a los tres primeros ciclos, 1981, 1982 y 1983, durante los cuales el diseño organizativo de las temporadas conservó en gran medida el plan original.
Las imágenes registran asimismo la presencia de actores y actrices que por esas causas de la vida ya no están entre nosotros. Me gustaría señalar que además de recordarlos con mi cariño, los quiero sumar al homenaje que significa este libro, que intenta del mismo modo dar testimonio documental de ese movimiento que en su momento significó una luz en medio de la noche negra que estábamos viviendo.
Ya han pasado treinta años desde el ahora lejano 1981; muchas de estas fotografías fueron tomadas poco antes de la destrucción del Teatro del Picadero, pero la gran mayoría son imágenes producidas en el Teatro Tabarís, adonde se trasladó el movimiento luego de la represalia de la dictadura. En 1982 y 1983 Teatro Abierto tomó sede en el Teatro Margarita Xirgu y en el lamentablemente desaparecido Teatro Odeón, por lo tanto las fotografías de esos ciclos corresponden a esos ámbitos.
En su momento, todo fue muy grato para mí. Ofrecer este documento luego de tres décadas me significa cumplir con una asignatura pendiente, y de este modo dar finalmente por terminada mi participación en una proeza histórica donde por cierto me sentí, y me siento, involucrada.-
Ojos bien abiertos
Olga Cosentino
El talento de Julie Weisz se funda en su capacidad para dar batalla a las dificultades apuntándoles con la mirada. Una mirada cuya extensión fue, a lo largo de casi toda su vida, una cámara fotográfica.
La misma herramienta que a partir de Teatro Abierto 1981 empuñó como arma de reconstrucción masiva de la memoria y de la identidad de los argentinos.
Treinta años después de aquella epopeya liderada por la comunidad teatral de la que forma parte, Julie encara por su cuenta y riesgo, con el mismo coraje y determinación de entonces, la publicación de esta calificada selección de imágenes, realizada entre los centenares de negativos que sus archivos afortunadamente conservan y que, a esta altura, ya constituyen un patrimonio documental de lo que fue, en palabras del dramaturgo Roberto Cossa, “el más importante foco de resistencia de una comunidad cultural a la dictadura”.
Claro que si de resistencia se trata, la autora de estas fotos ha ejercido esa destreza en muchas circunstancias de su trayectoria artística y de su biografía. Y siempre con la misma inspiración y la misma exquisitez plástica que supo conferir a los instantes en los que capturó, con el lírico blanco y negro, distintas y ya legendarias escenas de aquella gesta teatral en la que el pensamiento y la belleza hirieron de muerte al poder genocida.
Ya desde el vamos, Julie pareció forzar los límites bidimensionales de la imagen plana al intentar traducir en papel fotográfico el volumen y el dramatismo de los cuerpos. No es casual que en un momento de su carrera haya elegido fotografiar actores en pleno y vital ejercicio teatral. Claro que la fotografía no fue en ella una búsqueda, sino un destino. Era ya el oficio de su padre cuando un 21 de septiembre, precisamente el de la primavera del 45, nació ella, la segunda de tres hermanas, en la casa familiar de Lavalle y Reconquista. “Soy porteña hasta la médula”, subraya ahora, sentada en el living de su departamento de avenida Las Heras, donde convida con frutos secos y una infusión de burro, la plantita medicinal de sabor mentolado que cultiva en una maceta de su balcón. Pero su porteñidad tiene raíces centroeuropeas. “Mi papá era un fotógrafo nacido en Hungría. Vino a la Argentina llamado por su hermana mayor, casada con otro fotógrafo húngaro de Budapest, José Gross. Cuando el nazismo, parte de mi familia pudo escapar, pero a muchos los mataron. Y uno de mis siete tíos paternos no pudo venir porque había peleado en la Guerra Civil Española y le negaron la visa por comunista”.
¿Entonces puede decirse que la fotografía también resultó en tu familia un oficio ligado a la supervivencia en condiciones difíciles?
En mi caso, quien influyó mucho para que terminara dedicándome a esto fue mi tío Gross, que tenía su estudio en la avenida Santa Fe. Pero yo todavía no sentía que mi vocación estuviese por ese lado. Simplemente, era quien acompañaba a papá cuando iba a hacer algún casamiento, algún bautismo o retratos de familia. Yo le llevaba el bolso y disfrutaba cuando nos convidaban algo rico en las fiestas de gente adinerada. Pero eran tiempos duros para nosotros. No se contrataba a un fotógrafo, como ahora. Se iba a hacer el trabajo “sin compromiso”, como se decía. Pero a un mismo evento podían ir dos, tres o más fotógrafos distintos. Después, el que llegaba primero con las copias tenía más chances de que le compraran el material. Por eso mi padre trabajaba toda la noche revelando y copiando. Y sabía que también le podían rechazar el trabajo o comprarle solo una o dos fotos. También era fotógrafo en Playa Grande, durante la temporada. Alquilábamos y nos íbamos a vivir a Mar del Plata en esa época. Cuando él murió –muy joven, a los 51 años– yo tenía 15. Tengo dos hermanas mujeres, una mayor y otra menor. La mayor estudiaba magisterio y me eligieron a mí para que aprendiera el oficio y ayudara en la casa. Tuve que dejar el colegio y terminar el secundario en un nocturno. Fue una etapa dura y divertida a la vez. Yo era liera, rebelde, justiciera, me peleaba con las celadoras. Me vi obligada a asumir una responsabilidad para la que no estaba preparada. Quería seguir psicología; entré en la facultad, pero no pude continuar porque tuve que ir a trabajar.
¿En qué momento te apropiaste de la fotografía como lenguaje artístico y empezaste a experimentar la pasión por el oficio?
En el 77 me empecé a tomar más en serio la actividad. Mi mamá me dejó el estudio que teníamos en la calle Paraná, frente a la plaza Vicente López. Se llamaba Foto Doris. En cuanto a la impronta artística, me viene un poco de mi madre y mucho de mi familia húngara, sobre todo de mis tíos. Mi papá había sido un buen fotógrafo, pero era sobre todo un buenazo, y nunca se sintió un artista. Mamá era argentina, hija de polacos, y de chica había ido con su familia a vivir a Inglaterra. La recuerdo culta, inteligente y muy linda. Pero en cuanto a las influencias que recibí, me parece que lo que predominó en mí fue la energía húngara de mi familia paterna.
¿Podrías describir los rasgos de eso que llamás la energía húngara?
Mi memoria de infancia registra, sobre todo en las fiestas familiares, una vitalidad y una alegría de vivir que siempre reconocí como parte de la identidad húngara. En casa éramos todos judíos y la fiesta del Pesaj nos reunía en una mesa larga donde cada sabor era parte de la celebración: se comía lo amargo para recordar la salida de Egipto y el pan ácimo para el cruce del desierto. Eran historias que se repetían cada año y a los chicos nos divertían muchísimo. Fue una etapa feliz, la infancia. Por otra parte, cuando viajé a Hungría, el reencuentro con aquellos colores y olores que reconocí me conmovieron hasta las lágrimas. Secretos de familia.
En este momento de la charla Julie se levanta y va hasta uno de los placares de su estudio donde archiva libros, catálogos y negativos. Vuelve con una cajita primorosa, artesanal. Adentro hay un libro-álbum de delicada factura, que lleva por título Secretos de familia. “Lo hice hace dos años para la Feria del Libro de Artistas, en Espacio Ecléctico, y también lo presenté en una exposición en México”, anuncia e invita a recorrer sus páginas sepia o blanco y negro, mientras comenta: “Aquí estamos con mis hermanas, en el Ford con el que íbamos a Mar del Plata. Las nenas nos sentábamos atrás, en el baúl que se transformaba en asiento”. El relato va identificando amorosamente la elegancia de la madre y las tías, algún festejo familiar, un paseo, el recuerdo de un veraneo. Cada imagen dispara una anécdota recortada en un tiempo y un lugar de íntima trascendencia. Todas las fotos remiten a una época en la que la luz, el encuadre y hasta la ubicación y postura de los personajes fotografiados debían armonizar rigurosamente, a fin de inmortalizar el instante con categoría de acontecimiento. Nada que ver con la acumulación abrumadora y descartable de instantáneas que derrama la fotografía digital de este comienzo de milenio. Y Julie Weisz sigue teniendo, hasta hoy, un diálogo amigable y comprometido con lo singular, con esos detalles mínimos que concentran pepitas radiactivas de todo lo que respira, de esos microuniversos afectivos y emocionales en los que próximo y prójimo son lo mismo.
Entre su ojo y el objeto a registrar siempre parece haber una mediación sensible y personal, cargada de una historia íntima, a veces secreta, a veces adivinable.
No es casual, por eso mismo, que los temas preferidos por el ojo de la artista y el objetivo de su cámara hayan privilegiado el cuerpo humano atravesado por distintas intensidades. Su obra apresa no solo la apariencia física, sino el latido oculto del sujeto fotografiado. Está presente en el gesto detenido, en la postura corporal viva de actrices y actores de Teatro Abierto.
Cobra dramatismo, por ejemplo, en la vehemencia contenida de Ulises Dumont dirigiéndose a un perplejo Carlos Carella en la escena de El acompañamiento, de Carlos Gorostiza, que ilustra la tapa de este libro. En su interior, basta detenerse en cada una de sus páginas para reconocer no solo la risa, sino también la crispación o el desconsuelo del personaje en el instante único que produjo la captura tecnológica. Gracias a la exquisita sensibilidad estética de la fotógrafa, es posible también adivinar el impulso que precedió el milisegundo eternizado en la imagen e inclusive anticipar el siguiente. La selección que aquí se publica, si bien invita a imaginar el tesoro aun escondido en los archivos de la artista, resulta una pródiga donación de memoria y subjetividad históricas, porque en el cuerpo de cada actriz y de cada actor fotografiados, en la mueca de su cara y en el modo de plantarse sobre el escenario, las generaciones siguientes pueden y podrán asomarse a las vivencias acumuladas por la sociedad argentina a finales de la última dictadura. La exactitud del enfoque, del encuadre y del disparo de la cámara esgrimida por Julie Weisz consigue transfigurar, forzar los límites de la figura plana, haciéndola estallar en volúmenes aéreos de brazos en alto, de plumas, de temblores y de sonidos que –la foto lo proclama– estuvieron allí, ocurrieron.La cámara de Julie también se detuvo en el dolor físico, en la enfermedad como forma del desamparo y en la asepsia clínica, hasta que en 1995 dio a conocer su colección Terapia Intensiva, que pasó de la muestra al libro La vida en terapia intensiva, publicado por la Fundación Reussi. No menos reveladores son sus Autorretratos circulares, tomados entre 1990 y 1995 o las peculiaridades psicológico-culturales registradas en Identidad femenina en una minoría étnica, la serie realizada durante su estancia en Formosa, en 1989. De la múltiple diversidad de lo humano y, paradójicamente, de la afinada percepción de lo individual, dan cuenta los rostros de monjes, campesinos, grupos urbanos y detalles costumbristas en la serie Rumania (1989) y China, una mirada (2005). En todos los casos, incluido el registro de naturalezas sin presencia humana, como en Los paisajes inciertos (2000-2004), domina una manera de mirar la vida que elude lo panorámico para permitir el encuentro cercanísimo, personal se diría, con las vetas de un canto rodado, con el cauce mínimo y tembloroso de un hilo de agua, con el dibujo inexplicable de una nube, la veta de un glaciar o la silueta de una rama. Las fotos de Julie parecen dialogar como viejos conocidos con las dos experiencias acaso más intensas de la vida: el amor y el dolor.
¿Reconocés la influencia de lo autobiográfico en tu obra?
Es inevitable que interactúen. Me casé por primera vez a los 20 años, con Roberto López Pertierra, el padre ya fallecido de mi hija mayor, Ana. Era director de teatro y a él le debo el haber descubierto la pasión teatral. Pero tengo que reconocer que casi todas mis vivencias, felices o dolorosas, tuvieron alguna proyección en mi obra. Cuando en 1999 decidí irme de Buenos Aires por un tiempo, llevé mi laboratorio fotográfico a cuestas y me instalé en Santa Ana, cerca de Colonia, Uruguay. Ahí descubrí la naturaleza y el color, que traté en fotos de corte minimalista.
Más allá de tu declarada pasión por las artes escénicas, ¿qué circunstancia te convirtió en la fotógrafa de Teatro Abierto?
Fue casi una casualidad. En 1981 me llamaron para fotografiar el vestuario de Cipe Lincovsky para La cortina de abalorios, de Ricardo Monti, que se iba a presentar en Teatro Abierto. Hice el trabajo y me invitaron a la función, todavía en el Teatro del Picadero. Me entusiasmé como loca y terminé fotografiando los ciclos 81, 82 y 83. Con ese material organicé mi primera muestra. Además, en 1983 trabajé tres meses como fotógrafa del Teatro San Martín. Pero reconozco que nunca tomé clases de fotografía teatral. Creo más bien que uno tiene ciertos dones y vive ciertas experiencias fundacionales que le permiten descubrirlos y desarrollarlos. De hecho, con el tiempo entendí que había llegado la hora de empezar a compartir y transmitir lo aprendido y empecé a dar clases y a comunicar a los más jóvenes esta doble pasión por la fotografía y el teatro. Por otra parte, trabajé durante la década del 80 como fotógrafa teatral, ciclo que cerré con las imágenes de la puesta de Fausto que dirigió Augusto Fernandes.
¿Qué te llevó a dejar ese rubro?
Hubo otros intereses que me sedujeron y de los cuales quedan constancias en las muestras de las que ya hablé. Y hacia fines de los años 90, la irrupción de la fotografía digital y de la foto color me generó cierta resistencia. Es una cuestión de sensibilidad.
Me parece que el papel fotográfico, el proceso de revelado, los ácidos imprimen a la imagen una atmósfera particular. En fin, al cabo de un tiempo terminé preguntándome: “¿pero qué soy, un dinosaurio?”. Y me adapté. Pero hace un tiempo que no hago fotos, el que pasó fue un año terrible.
La vida y la belleza como obstinación
La última afirmación alude a la enfermedad y al accidente de tránsito que sufrió en octubre de 2010, en Bariloche, adonde había viajado para dictar un taller. El episodio le costó una cirugía mayor y un mes de internación. Pero de ninguna manera una claudicación. Y agrega que también aportaron lo suyo sus ganas de vivir, sus proyectos, los viajes que quiere hacer y el amor de sus tres hijos.
Las tazas de té se vaciaron varias veces sin que la conversación languideciera, a pesar de que Julie transita todavía su reciente convalecencia. No la abandonan, sin embargo, el charmede su sonrisa generosa, la voz diáfana y la leonina melena entrecana que, desde que dejó de teñirse, es una confirmación más de la naturaleza vehemente y segura de su personalidad. Es posible – ¿es posible?– que por ahora no haga fotos. Pero es imposible pensarla inactiva o doliente. “No estoy triste por lo que me pasó; estoy contenta de estar viva”, resume. Y aunque dice no saber si cree o no en Dios, admite creer en algo más de lo que cree creer.
Y añade al juego de palabras: “Creo que hay algo más grande y más misterioso que lo que uno puede llegar a comprender”.
Para coincidir con ella solo hace falta volver a mirar sus fotos de Teatro Abierto que aquí se publican. ¿Quién hubiera podido llegar a comprender, entonces, la osadía de un grupo de artistas de la escena que estaban oponiéndose a un Estado criminal y censor?
¿O no hay que conceder categoría de misteriosa a la obstinación de aquellos autores, directores, actores, técnicos, porfiados espectadores y hasta una temeraria fotógrafa llamada Julie Weisz? Sin medir la disparidad de fuerzas ante un gobierno genocida, el frágil colectivo teatral llevó a cabo la representación de las veintiuna obras del ciclo, sorteando inclusive el atentado (nunca esclarecido, pero que respondía a los métodos prepotentes del poder) que a la semana de iniciado Teatro Abierto redujo a cenizas el Teatro del Picadero. Pero varias salas se ofrecieron para que aquella afirmación de dignidad social no claudicara y el programa se completó en el Tabarís. Dos años después, la que claudicó fue la dictadura. Es probable que, aunque no sea fácil de comprender, a veces una foto, una sinfonía o una obra teatral tengan más fuerza que un arsenal militar, una dolencia física o la banca internacional. Julie lo cree así.
La epopeya
El martes 28 de julio de 1981, a las 18.00 hs., el actor Jorge Rivera López, presidente de la Asociación Argentina de Actores por aquel entonces, inauguró Teatro Abierto.
Cuando me convocaron para tomar fotos del vestuario de Cipe Linkovsky en el camarín, me lanzaron hacia una aventura no soñada ni imaginada por mí.
Corría el año 1981, no teníamos ilusiones ni proyectos estábamos como atados de pies y manos y lo peor, teníamos miedo. Miedo de hablar de expresarnos de crear.
Ese día después de fotografiar el vestuario, me invitaron a ver los estrenos y si lo deseaba, podía seguir tomando fotografías cosa que por suerte hice.
Fueron dos noches intensas en el Teatro del Picadero donde por primera vez tome fotos durante una función con una iluminación teatral. Estaba asustada no sabia si me iban a salir con esas condiciones de luz. Decidí no asistir al día siguiente para tener tiempo de revelar y ver lo que estaba haciendo. A la mañana siguiente ya el teatro no existía, un incendio feroz lo destruyo durante la noche. Un atentado, una reacción frente a tanto entusiasmo y rebeldía.
Eso agrando aun más el interés de la gente y despertó la pasión de los espectadores que cuando comenzaron nuevamente las funciones en el teatro Tabaris, habia largas colas por la Av.Corrientes para no perderse ni una función del ciclo semanal.
YO tome cantidad de fotos, cada vez disfrutaba mas haciéndolo. Así fue como fotografié todas las obras de 1981 y seguí haciéndolo los años siguientes 1982 y 1983 cuando volvió la democracia y con ella, Teatro Abierto pasó a ser el acontecimiento cultural de resistencia a la dictadura más importante de los últimos tiempos.
Teatro Abierto camino al mito
Roberto Perinelli*
Estamos ya a una distancia de treinta años de Teatro Abierto, de aquella versión inaugural que se ha convertido en mito.
El acontecimiento se ha recordado, casi desde el mismo momento en que ocurrió, cargado de un carácter legendario, único e irrepetible.
Y protegido por ese refugio tan sagrado que se le asignó dentro de la todavía corta del teatro argentino, casi se dejó de analizarlo, de tensar más la cuerda y rescatar el verdadero grado de su repercusión política y, sobre todo, de sus alcances estéticos.
Para lo político se encuentra rápido auxilio: fue la primera reacción cultural contra el genocida régimen militar establecido en 1976, iniciada en una noche (¿a qué hora?) de julio de 1981. Muy pocos de nosotros recordamos la fecha, mucho menos la hora exacta (¿18 o 18,30 horas?). Una investigación del fenómeno, a la cual son más afectos los estudiantes europeos, que por decenas han elegido a Teatro Abierto como su trabajo de tesis, que los de acá, traerá consigo una conclusión asombrosa, estos datos tan simples ni siquiera pueden confirmarse a través de la opinión de los propios protagonistas, pues entre ellas se pueden encontrar diferencias.
Entiendo que como todo mito, ha perdido muchas de sus marcas de origen y quedó firme sólo su carácter de leyenda, que a muchos de nosotros nos resulta mucho más grato mantener en la memoria esa imagen que la tarea de recordar, con esfuerzo, los detalles de organización que, creo, son importantes, porque alrededor de esta cuestión es posible tejer parte de la ideología del movimiento. Entre esos asuntos que parecen tan irrelevantes cabe anotar uno: Teatro Abierto careció de “jefes”, nadie se atribuyó, ni le atribuyeron, el rol dirigente principal porque todos estábamos dispuestos a hacer todo. Si alguien se toma el trabajo de consultar la edición de las veintiuna obras del primer ciclo, publicada en coincidencia con las representaciones, verá al final del libro que se habían designado funciones a distintas personas de acuerdo con su idoneidad técnica o artística, pero bajo el rubro de “coordinador” o “colaborador”, sin ninguna connotación que nos informe de jefaturas. Suelo repetir, con frecuencia y a modo de síntesis del clima laboral que se vivió durante el período de producción e incluso durante las representaciones, que Teatro Abierto fue el único lugar que yo conocí donde el famoso “habría que” no quedaba en propuesta, alguien tomaba el compromiso, a veces sin decirlo, y lo hacía.
Lo que sí ha quedado grabado a fuego, sospecho que para todos, es que fue durante la noche del 5 de agosto de 1981, lluviosa y fría, el momento en que se produjo el contraataque de la represión, que se expresó con el incendio del precioso Teatro del Picadero (¿fue obra de la marina, alguien hoy puede asegurarlo?).
La cuestión estética, rescatable a través de los textos (recuérdese, de una extensión escénica de media hora), ha sido todavía menos explorada. No quiero ser injusto e ignorar las iniciativas en este sentido, por ejemplo la de Miguel Angel Giela que publicó, hace ya bastante tiempo, un análisis de las obras del primer ciclo y la reedición de las piezas originales. Lo que es posible, y sería saludable, es el intento de acercarse al más acá e indagar qué pasó con ese material, que capacidad de circulación tuvo y tiene y qué representa, cada una, en el marco de la obra total de cada autor. Hay fundamentos para reclamar esto, en razón que acaso muchos de los autores produjeron una de sus mejores piezas, sino la mejor, para este primer Teatro Abierto o para los dos ciclos siguientes, períodos adonde se extendió con características parecidas al inicial. En esta región sucesoria, la de los ciclos 1982 y 1983, reina todavía mayor incertidumbre. Siquiera los textos, material imperecedero dentro de un acontecimiento efímero como es el fenómeno teatral, no han sido recogidos en su totalidad por alguna publicación, por lo que mucho me temo que un gran número de los títulos estrenados han desaparecido para siempre.
Lamentablemente poco documento gráfico se puede pedir acerca de lo que ocurrió verdaderamente en los escenarios (en plural, porque Teatro Abierto ocupó el inicial y destruido Teatro del Picadero, también el Tabarís, el ¡ay! hoy demolido Teatro Odeón y el Margarita Xirgú). En aquellos tiempos el testimonio audiovisual no alcanzaba las facilidades de registro que hoy están a la mano de cualquier profesional de la materia. Es fácil deducir que la película Teatro Abierto, País Cerrado requirió de los altos costos de realización de la época y enfrentó dificultades económicas que disculpan muchas de las carencias informativas que presenta el film.
A cambio Teatro Abierto dispone de un impecable archivo fotográfico, parte del cual presenta su autora, Julie Weisz, en este libro. Sabemos que la fotografía es el instante, y en el caso del teatro es ese instante que resume en una sola imagen la totalidad de un hecho que transcurre en el tiempo y en el espacio. Recorriendo las fotografías de Julie a través del camino que ella nos propone, podemos reconstruir, al menos para los que fuimos protagonistas, aquel hecho que a todos nos marcó a fuego. Asimismo estoy seguro que este poder de información emocional está tan logrado que puede ser disfrutado incluso por aquellos que saben poco de Teatro Abierto, que por cuestiones de edad ni siquiera fueron espectadores del acontecimiento. Y esta capacidad de transmisión es el raro mérito de esta serie de imágenes que por su alta expresividad superan largamente la desangelada categoría de documento de estudio para especialistas. Son otra cosa, a la que cada uno le puede dar su propio título y gozar de distinta manera.
Por mi parte, y apropiándome con atrevimiento de la opinión de todos los protagonistas de Teatro Abierto, los que están y los que ya no están, me queda darle las gracias a la querida Julie, por obligarnos a recordar, a través de sus imágenes, ese gran acontecimiento que, sin remedio, parece tener destino de mito.-
* Uno de los veintiún autores del primer ciclo de Teatro Abierto.
Enero de 2011

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