Ojos bien abiertos

Por Olga Cosentino

El talento de Julie Weisz se funda en su capacidad para dar batalla a las dificultades apuntándoles con la mirada. Una mirada cuya extensión fue, a lo largo de casi toda su vida, una cámara fotográfica. La misma herramienta que a partir de Teatro Abierto 1981 empuñó como arma de reconstrucción masiva de la memoria y de la identidad de los argentinos.
Treinta años después de aquella epopeya liderada por la comunidad teatral de la que forma parte, Julie encara por su cuenta y riesgo, con el mismo coraje y determinación de entonces, la publicación de esta calificada selección de imágenes, realizada entre los centenares de negativos que sus archivos afortunadamente conservan y que, a esta altura, ya constituyen un patrimonio documental de lo que fue, en palabras del dramaturgo Roberto Cossa, “el más importante foco de resistencia de una comunidad cultural a la dictadura”.

 

Claro que si de resistencia se trata, la autora de estas fotos ha ejercido esa destreza en muchas circunstancias de su trayectoria artística y de su biografía. Y siempre con la misma inspiración y la misma exquisitez plástica que supo conferir a los instantes en los que capturó, con el lírico blanco y negro, distintas y ya legendarias escenas de aquella gesta teatral en la que el pensamiento y la belleza hirieron de muerte al poder genocida.

 

Ya desde el vamos, Julie pareció forzar los límites bidimensionales de la imagen plana al intentar traducir en papel fotográfico el volumen y el dramatismo de los cuerpos. No es casual que en un momento de su carrera haya elegido fotografiar actores en pleno y vital ejercicio teatral. Claro que la fotografía no fue en ella una búsqueda, sino un destino. Era ya el oficio de su padre cuando un 21 de septiembre, precisamente el de la primavera del 45, nació ella, la segunda de tres hermanas, en la casa familiar de Lavalle y Reconquista. “Soy porteña hasta la médula”, subraya ahora, sentada en el living de su departamento de avenida Las Heras, donde convida con frutos secos y una infusión de burro, la plantita medicinal de sabor mentolado que cultiva en una maceta de su balcón. Pero su porteñidad tiene raíces centroeuropeas. “Mi papá era un fotógrafo nacido en Hungría. Vino a la Argentina llamado por su hermana mayor, casada con otro fotógrafo húngaro de Budapest, José Gross. Cuando el nazismo, parte de mi familia pudo escapar, pero a muchos los mataron. Y uno de mis siete tíos paternos no pudo venir porque había
peleado en la Guerra Civil Española y le negaron la visa por comunista”.

 

¿Entonces puede decirse que la fotografía también resultó en tu familia un oficio ligado a la supervivencia en condiciones difíciles?

En mi caso, quien influyó mucho para que terminara dedicándome a esto fue mi tío Gross, que tenía su estudio en la avenida Santa Fe. Pero yo todavía no sentía que mi vocación estuviese por ese lado. Simplemente, era quien acompañaba a papá cuando iba a hacer algún casamiento, algún bautismo o retratos de familia. Yo le llevaba el bolso y disfrutaba cuando nos convidaban algo rico en las fiestas de gente adinerada. Pero eran tiempos duros para nosotros. No se contrataba a un fotógrafo, como ahora. Se iba a hacer el trabajo “sin compromiso”, como se decía. Pero a un mismo evento podían ir dos, tres o más fotógrafos distintos. Después, el que llegaba primero con las copias tenía más chances de que le compraran el material. Por eso mi padre trabajaba toda la noche revelando y copiando. Y sabía que también le podían rechazar el trabajo o comprarle solo una o dos fotos. También era fotógrafo en Playa Grande, durante la temporada. Alquilábamos y nos íbamos a vivir a Mar del Plata en esa época. Cuando él murió –muy joven, a los 51 años– yo tenía 15. Tengo dos hermanas mujeres, una mayor y otra menor. La mayor estudiaba magisterio y me eligieron a mí para que aprendiera el oficio y ayudara en la casa. Tuve que dejar el colegio y terminar el secundario en un nocturno. Fue una etapa dura y divertida a la vez. Yo era liera, rebelde, justiciera, me peleaba con las celadoras. Me vi obligada a asumir una responsabilidad para la que no estaba preparada. Quería seguir psicología; entré en la facultad, pero no pude continuar porque tuve que ir a trabajar.

 

¿En qué momento te apropiaste de la fotografía como lenguaje artístico y empezaste a experimentar la pasión por el oficio?
En el 77 me empecé a tomar más en serio la actividad. Mi mamá me dejó el estudio que teníamos en la calle Paraná, frente a la plaza Vicente López. Se llamaba Foto Doris. En cuanto a la impronta artística, me viene un poco de mi madre y mucho de mi familia húngara, sobre todo de mis tíos. Mi papá había sido un buen fotógrafo, pero era sobre todo un buenazo, y nunca se sintió un artista. Mamá era argentina, hija de polacos, y de chica había ido con su familia a vivir a Inglaterra. La recuerdo culta, inteligente y muy linda. Pero en cuanto a las influencias que recibí, me parece que lo que predominó en mí fue la energía húngara de mi familia paterna.

 

¿Podrías describir los rasgos de eso que llamás la energía húngara?
Mi memoria de infancia registra, sobre todo en las fiestas familiares, una vitalidad y una alegría de vivir que siempre reconocí como parte de la identidad húngara. En casa éramos todos judíos y la fiesta del Pesajnos reunía en una mesa larga donde cada sabor era parte de la celebración: se comía lo amargo para recordar la salida de Egipto y el pan ácimo para el cruce del desierto. Eran historias que se repetían cada año y a los chicos nos divertían muchísimo. Fue una etapa feliz, la infancia. Por otra parte, cuando viajé a Hungría, el reencuentro con aquellos colores y olores que reconocí me conmovieron hasta las lágrimas. Secretos de familia.

 

En este momento de la charla Julie se levanta y va hasta uno de los placares de su estudio donde archiva libros, catálogos y negativos. Vuelve con una cajita primorosa, artesanal. Adentro hay un libro-álbum de delicada factura, que lleva por título Secretos de familia. “Lo hice hace dos años para la Feria del Libro de Artistas, en Espacio Ecléctico, y también lo presenté en una exposición en México”, anuncia e invita a recorrer sus páginas sepia o blanco y negro, mientras comenta: “Aquí estamos con mis hermanas, en el Ford con el que íbamos a Mar del Plata. Las nenas nos sentábamos atrás, en el baúl que se transformaba en asiento”. El relato va identificando amorosamente la elegancia de la madre y las tías, algún festejo familiar, un paseo, el recuerdo de un veraneo. Cada imagen dispara una anécdota recortada en un tiempo y un lugar de íntima trascendencia. Todas las fotos remiten a una época en la que la luz, el encuadre y hasta la ubicación y postura de los personajes fotografiados debían armonizar rigurosamente, a fin de inmortalizar el instante con categoría de acontecimiento. Nada que ver con la acumulación abrumadora y descartable de instantáneas que derrama la fotografía digital de este comienzo de milenio. Y Julie Weisz sigue teniendo, hasta hoy, un diálogo amigable y comprometido con lo singular, con esos detalles mínimos que concentran pepitas radiactivas de todo lo que respira, de esos microuniversos afectivos y emocionales en los que próximo y prójimo son lo mismo.

 

Entre su ojo y el objeto a registrar siempre parece haber una mediación sensible y personal, cargada de una historia íntima, a veces secreta, a veces adivinable.

 

No es casual, por eso mismo, que los temas preferidos por el ojo de la artista y el objetivo de su cámara hayan privilegiado el cuerpo humano atravesado por distintas intensidades. Su obra apresa no solo la

 

apariencia física, sino el latido oculto del sujeto fotografiado. Está presente en el gesto detenido, en la postura corporal viva de actrices y actores de Teatro Abierto.

 

Cobra dramatismo, por ejemplo, en la vehemencia contenida de Ulises Dumont dirigiéndose a un perplejo Carlos Carella en la escena de El acompañamiento, de Carlos Gorostiza, que ilustra la tapa de este libro. En su interior, basta detenerse en cada una de sus páginas para reconocer no solo la risa, sino también la crispación o el desconsuelo del personaje en el instante único que produjo la captura tecnológica. Gracias a la exquisita sensibilidad estética de la fotógrafa, es posible también adivinar el impulso que precedió el milisegundo eternizado en la imagen e inclusive anticipar el siguiente. La selección que aquí se publica, si bien invita a imaginar el tesoro aun escondido en los archivos de la artista, resulta una pródiga donación de memoria y subjetividad históricas, porque en el cuerpo de cada actriz y de cada actor fotografiados, en la mueca de su cara y en el modo de plantarse sobre el escenario, las generaciones siguientes pueden y podrán asomarse a las vivencias acumuladas por la sociedad argentina a finales de la última dictadura.

 

La exactitud del enfoque, del encuadre y del disparo de la cámara esgrimida por Julie Weisz consigue transfigurar, forzar los límites de la figura plana, haciéndola estallar en volúmenes aéreos de brazos en alto, de plumas, de temblores y de sonidos que –la foto lo proclama– estuvieron allí, ocurrieron.La cámara de Julie también se detuvo en el dolor físico, en la enfermedad como forma del desamparo y en la asepsia clínica, hasta que en 1995 dio a conocer su colección Terapia Intensiva, que pasó de la muestra al libro La vida en terapia intensiva, publicado por la Fundación Reussi. No menos reveladores son sus Autorretratos circulares, tomados entre 1990 y 1995 o las peculiaridades psicológico-culturales registradas en Identidad femenina en una minoría étnica, la serie realizada durante su estancia en Formosa, en 1989. De la múltiple diversidad de lo humano y, paradójicamente, de la afinada percepción de lo individual, dan cuenta los rostros de monjes, campesinos, grupos urbanos y detalles costumbristas en la serie Rumania (1989) y China, una mirada (2005). En todos los casos, incluido el registro de naturalezas sin presencia humana, como en Los paisajes inciertos (2000-2004), domina una manera de mirar la vida que elude lo panorámico para permitir el encuentro cercanísimo, personal se diría, con las vetas de un canto rodado, con el cauce mínimo y tembloroso de un hilo de agua, con el dibujo inexplicable de una nube, la veta de un glaciar o la silueta de una rama. Las fotos de Julie parecen dialogar como viejos conocidos con las dos experiencias acaso más intensas de la vida: el amor y el dolor.

 

¿Reconocés la influencia de lo autobiográfico en tu obra?
Es inevitable que interactúen. Me casé por primera vez a los 20 años, con Roberto López Pertierra, el padre ya fallecido de mi hija mayor, Ana. Era director de teatro y a él le debo el haber descubierto la pasión teatral. Pero tengo que reconocer que casi todas mis vivencias, felices o dolorosas, tuvieron alguna proyección en mi obra. Cuando en 1999 decidí irme de Buenos Aires por un tiempo, llevé mi laboratorio fotográfico a cuestas y me instalé en Santa Ana, cerca de Colonia, Uruguay. Ahí descubrí la naturaleza y el color, que traté en fotos de corte minimalista.

 

Más allá de tu declarada pasión por las artes escénicas, ¿qué circunstancia te convirtió en la fotógrafa de Teatro Abierto?
Fue casi una casualidad. En 1981 me llamaron para fotografiar el vestuario de Cipe Lincovsky para La cortina de abalorios, de Ricardo Monti, que se iba a presentar en Teatro Abierto. Hice el trabajo y me invitaron a la función, todavía en el Teatro del Picadero. Me entusiasmé como loca y terminé fotografiando los ciclos 81, 82 y 83. Con ese material organicé mi primera muestra. Además, en 1983 trabajé tres meses como fotógrafa del Teatro San Martín. Pero reconozco que nunca tomé clases de fotografía teatral. Creo más bien que uno tiene ciertos dones y vive ciertas experiencias fundacionales que le permiten descubrirlos y desarrollarlos. De hecho, con el tiempo entendí que había llegado la hora de empezar a compartir y transmitir lo aprendido y empecé a dar clases y a comunicar a los más jóvenes esta doble pasión por la fotografía y el teatro. Por otra parte, trabajé durante la década del 80 como fotógrafa teatral, ciclo que cerré con las imágenes de la puesta de Fausto que dirigió Augusto Fernandes.

 

¿Qué te llevó a dejar ese rubro?
Hubo otros intereses que me sedujeron y de los cuales quedan constancias en las muestras de las que ya hablé. Y hacia fines de los años 90, la irrupción de la fotografía digital y de la foto color me generó cierta resistencia. Es una cuestión de sensibilidad.
Me parece que el papel fotográfico, el proceso de revelado, los ácidos imprimen a la imagen una atmósfera particular. En fin, al cabo de un tiempo terminé preguntándome: “¿pero qué soy, un dinosaurio?”. Y me adapté. Pero hace un tiempo que no hago fotos, el que pasó fue un año terrible.
La vida y la belleza como obstinación.
La última afirmación alude a la enfermedad y al accidente de tránsito que sufrió en octubre de 2010, en Bariloche, adonde había viajado para dictar un taller. El episodio le costó una cirugía mayor y un mes de internación. Pero de ninguna manera una claudicación. Y agrega que también aportaron lo suyo sus ganas de vivir, sus proyectos, los viajes que quiere hacer y el amor de sus tres hijos.

 

Las tazas de té se vaciaron varias veces sin que la conversación languideciera, a pesar de que Julie transita todavía su reciente convalecencia. No la abandonan, sin embargo, el charmede su sonrisa generosa, la voz diáfana y la leonina melena entrecana que, desde que dejó de teñirse, es una confirmación más de la naturaleza vehemente y segura de su personalidad. Es posible – ¿es posible?– que por ahora no haga fotos. Pero es imposible pensarla inactiva o doliente. "No estoy triste por lo que me pasó; estoy contenta de estar viva", resume. Y aunque dice no saber si cree o no en Dios, admite creer en algo más de lo que cree creer.

Y añade al juego de palabras: "Creo que hay algo más grande y más misterioso que lo que uno puede llegar a comprender".

Para coincidir con ella solo hace falta volver a mirar sus fotos de Teatro Abierto que aquí se publican.

 

¿Quién hubiera podido llegar a comprender, entonces, la osadía de un grupo de artistas de la escena que estaban oponiéndose a un Estado criminal y censor?  ¿O no hay que conceder categoría de misteriosa a la obstinación de aquellos autores, directores, actores, técnicos, porfiados espectadores y hasta una temeraria fotógrafa llamada Julie Weisz? Sin medir la disparidad de fuerzas ante un gobierno genocida, el frágil colectivo teatral llevó a cabo la representación de las veintiuna obras del ciclo, sorteando inclusive el atentado (nunca esclarecido, pero que respondía a los métodos prepotentes del poder) que a la semana de iniciado Teatro Abierto redujo a cenizas el Teatro del Picadero. Pero varias salas se ofrecieron para que aquella afirmación de dignidad social no claudicara y el programa se completó en el Tabarís. Dos años después, la que claudicó fue la dictadura. Es probable que, aunque no sea fácil de comprender, a veces una foto, una sinfonía o una obra teatral tengan más fuerza que un arsenal militar, una dolencia física o la banca internacional.

Julie lo cree así.

 


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