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Teatro Abierto: camino al mito

Por Roberto Perinelli

 

Estamos ya a una distancia de treinta años de Teatro Abierto, de aquella versión inaugural que se ha convertido en mito. Casi desde el mismo momento en que ocurrió, este acontecimiento se ha recordado como cargado de un carácter legendario, único e irrepetible. Y protegido por ese refugio tan sagrado que se le asignó dentro de la todavía corta historia del teatro argentino, casi dejó de analizárselo, de tensar más la cuerda, para rescatar su verdadero grado de repercusión política y, sobre todo, sus alcances estéticos.

 

Para lo político se encuentra rápido auxilio: fue la primera reacción cultural contra el genocida régimen militar establecido en 1976, iniciada en una noche (¿a qué hora?) de julio de 1981. Muy pocos de nosotros recordamos la fecha, mucho menos la hora exacta (¿18 o 18,30 horas?). Una investigación del fenómeno, a la cual son más afectos los estudiantes europeos (no así los del país), muchos de los cuales han elegido este tema para su trabajo de tesis, traerá consigo una conclusión asombrosa: estos datos tan simples ni siquiera pueden confirmarse a través de la opinión de los propios protagonistas, pues entre ellos existen diferencias.

Entiendo que, como todo mito, ha perdido muchas de sus marcas de origen y solo quedó firme su carácter de leyenda. También que a muchos de nosotros nos resulta mucho más grato mantener en la memoria esa imagen, que la tarea de recordar, con esfuerzo, los detalles organizativos que, creo, son importantes, porque alrededor de esta cuestión es posibletejer parte de la ideología del movimiento. Entre esos asuntos que parecen tan irrelevantes cabe señalar uno: Teatro Abierto careció de "jefes".

 

Nadie se atribuyó, ni se atribuyó a nadie, el papel dirigente principal, porque todos estábamos dispuestos a hacer todo. Si alguien se toma el trabajo de consultar la edición de las veintiuna obras del primer ciclo, publicada en coincidencia con las representaciones, verá al final del libro que se habían designado funciones a distintas personas de acuerdo con su idoneidad técnica o artística, pero bajo el rubro de "coordinador" o "colaborador", sin ninguna connotación que nos informe de jefaturas.

 

A modo de síntesis del clima laboral que se vivió durante el período de producción e, incluso, durante las representaciones, suelo repetir con frecuencia que Teatro Abierto fue el único lugar que conocí donde el famoso "habría que" no quedaba en propuesta, sino que alguien tomaba el compromiso, a veces sin decirlo, y cumplía con él.

 

Lo que sí ha quedado grabado a fuego, sospecho que para todos, fue la noche del 5 de agosto de 1981, lluviosa y fría, momento en que se produjo el contraataque de la represión, que se expresó en el incendio del precioso Teatro del Picadero (¿fue obra de la Marina?, ¿alguien hoy puede asegurarlo?).


Teatro Abierto: la cuestón estética

La cuestión estética, rescatable a través de los textos (recuérdese, de una extensión escénica de media hora), ha sido todavía menos explorada. No quiero ser injusto e ignorar las iniciativas en este sentido, por ejemplo la de Miguel Ángel Giela, quien hace ya bastante tiempo publicó un análisis de las obras del primer ciclo y la reedición de las piezas originales.

 

Lo que es posible, y sería saludable, es el intento de acercarse a un tiempo más próximo al actual e indagar qué pasó con ese material, qué capacidad de circulación tuvo y tiene, y qué representa cada pieza en el marco de la obra total de cada autor. Hay fundamentos para reclamar esto, en razón de que acaso muchos de los autores produjeron una de sus mejores piezas, si no lamejor, para este primer Teatro Abierto o para los dos ciclos siguientes, períodos en los que el ciclo se extendió con características parecidas al inicial.

 

En esta región sucesoria, la de 1982 y 1983, reina todavía mayor incertidumbre. Ni siquiera los textos, material imperecedero dentro de un acontecimiento efímero como es el fenómeno teatral, han sido recogidos en su totalidad en alguna publicación, por lo que mucho me temo que un gran número de los títulos estrenados haya desaparecido para siempre.

 

Lamentablemente, poco documento gráfico se puede pedir acerca de lo que ocurrió verdaderamente en los escenarios (en plural, porque Teatro Abierto ocupó el inicial y destruido Teatro del Picadero, también el Tabarís, el ¡ay! hoy demolido Teatro Odeón y el Margarita Xirgú). En aquellos tiempos el testimonio audiovisual no contaba con la facilidad de registro que hoy está a disposición de cualquier profesional de la materia.La película Teatro Abierto, País Cerrado tuvo los altos costos de realización de la época y enfrentó dificultades económicas que excusan muchas de las carencias informativas que presenta el film.

 

En cambio, Teatro Abierto dispone de un impecable archivo fotográfico, parte del cual Julie Weisz, su autora, presenta en este libro. Sabemos que la fotografía es el instante y, en el caso del teatro, ese instante es el que resume en una sola imagen la totalidad de un hecho que transcurre en el tiempo y en el espacio.

 

Recorriendo las fotografías de Julie a través del camino que ella nos propone, podemos reconstruir, al menos para los que fuimos protagonistas, aquel hecho que a todos nos marcó a fuego. Asimismo, estoy seguro de que este poder de información emocional está tan logrado, que pueden disfrutarlo inclusive aquellos que saben poco de Teatro Abierto o que, por cuestiones de edad, ni siquiera fueron espectadores del acontecimiento. Justamente, estacapacidad de transmisión es el raro mérito de esta serie de imágenes que, por su alta expresividad, supera largamente la desangelada categoría de documento de estudio para especialistas. Son otra cosa, a la que cada uno le puede dar su propio título y con la que cada uno puede gozar de distinta manera.

 

Por mi parte, y apropiándome con atrevimiento de la opinión de todos los protagonistas de Teatro Abierto, los que están y los que ya no están, me queda darle las gracias a la querida Julie por obligarnos a recordar, a través de sus imágenes, ese gran acontecimiento cuyo destino, sin remedio, parece ser convertirse en un mito.

 

Enero de 2011

 

 

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La epopeya de Teatro Abierto

Carlos Gorostiza

 

La epopeya de Teatro Abierto –aunque la palabra epopeya pueda parecer exagerada– ya forma parte de la historia del teatro argentino. La crearon –durante el año 1981– veintiún autores, veintiún directores y cientos de espectadores que, en la Ciudad de Buenos Aires, vivían entonces la misma desesperante necesidad de expresarse y comunicarse. Fue así que Teatro Abierto, desafiando y superando la censura amordazante vigente en aquellos tiempos, se convirtió en la primera expresión rebelde que la cultura argentina opuso a largos años de silencio por la dictadura. Estas fotos, tomadas durante aquellos días por la fotógrafa Julie Weisz, fueron parte de la espontánea presencia activa del pueblo de Buenos Aires durante aquellas jornadas de Teatro Abierto. Tal vez falten algunos momentos y algunos protagonistas, pero el espíritu de Teatro Abierto, casi irreproducible en texto o imagen alguna, aparece de alguna manera aquí, en la fidelidad de estas imágenes.


 

Obras

Teatro Abierto 1981

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Teatro Abierto 1982

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Teatro Abierto 1983

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